Acerca de

Hay personas que parecen saber desde muy tierna edad qué es lo que quieren conseguir en la vida. Ya sea a nivel personal o profesional, tienen una idea bastante clara de cuáles son las casillas a ir marcando. 

Siempre me he preguntado qué se siente al tenerlo tan claro, porque definitivamente yo no soy una de ellas. De pequeña me montaba mis películas, como cualquiera, pero en realidad no tenía ninguna prisa por convertirme en adulta y preocuparme por «cosas de mayores».

Durante gran parte de mi vida me he dedicado a danzar, correr y saltar… literalmente. Nunca he sentido esa inquietud de tener cosas a mi nombre, sobre todo porque no tenía ni idea de dónde iba a echar el ancla (y sigo sin saberlo, la verdad sea dicha).

Pero claro, van pasando los años y de repente (¡sorpresa!) ya eres adulta, muy adulta. Llegas a ese momento clave en el que la gente de tu alrededor ha echado raíces y ya están empezando a cosechar los frutos de lo sembrado. Mientras tanto, tú todavía sigues comiéndote las semillas en lugar de plantarlas.

Las dudas existenciales acerca de si estaba viviendo al revés me llevaron hace ya unos cuantos años a meterme de cabeza en el autoconocimiento. La premisa es muy simple: si no me conozco yo, corro el riesgo de que sean otras personas las que decidan cómo y quién soy, y qué es lo que debo hacer. Y eso, a mí, no me convence lo más mínimo.

Conocerte te ayuda a actuar con determinación en lugar de limitarte a reaccionar. Así evitas también tener que conformarte con lo que se te ofrece, ya sea tiempo, espacio, atención, respeto, opciones… Cuando entiendes lo que quieres, lo que necesitas y lo que puedes aportar, el camino para conseguirlo se ve mucho más claro.

El autoconocimiento es la herramienta idónea para descubrir cuál es el sonido de tu propia voz, y para hacer las paces con el hecho de que, aunque haya momentos en los que desentone más de lo que esperabas, está bien así.  

Acerca de mí

Nací y crecí en Las Palmas de Gran Canaria. Mi infancia transcurrió entre el colegio, las clases de ballet y «mis cosas». Ah, y sin olvidar los largos veranos en Noruega, que sentía como mi segunda casa.

A los 15 años cambié el ballet por el atletismo. Me dediqué a este deporte en cuerpo, mente y alma durante los siguientes 17 años. Bueno, en realidad el cuerpo y la mente los tuve que compartir, primero con mis estudios y más tarde con el trabajo. 

El atletismo fue una pieza clave a la hora de convertirme en quién soy hoy. El Alto Rendimiento está lleno altibajos, pero los valores y habilidades que se aprenden a través del deporte de competición no tienen precio, especialmente a la hora de aplicarlas a la «vida real».

Soy Educadora Física (licenciada, que una tiene una edad), aunque después de la carrera he seguido formándome, hasta hoy. El método Pilates, de hecho, me sirvió para cambiar mi forma de entender el cuerpo, su movimiento y me hizo ver el papel tan importante que cumple su conexión con la mente.

A nivel laboral he vivido experiencias bastante diversas, que me han enseñado mucho sobre la gente en general, pero también sobre mí. Durante esta última etapa me he dedicado a enseñar a otras personas a entender y a mover su propio cuerpo. Servir de nexo de unión entre una persona y partes de sí misma que no conoce o controla es una posición de lo más gratificante.

Mi inquietud en estos momentos es seguir aportando mi granito de arena en esa línea, pero desde un punto de vista más holístico. En otras palabras: ayudar a otras personas a que aprendan sobre sí mismas explorando cuerpo, mente, alma y todo lo que se esconde entremedias (que no es poco).