Un corazón roto y un viaje de vuelta a la vida (2010)

Nota: quiero empezar diciendo que me ha costado escribir esta entrada más de lo que esperaba. Continúo avisando de que para hablar de una parte de mi experiencia utilizo «depresión», «locura» y «ganas de vivir», entre otras expresiones. He editado y borrado todo lo que he podido, pero ya no puedo darle más vueltas. Así se queda…

Caída en picado

Si el año 2009 trajo consigo un punto de inflexión, el 2010 lo estrené con una buena caída en picado. Estaba tan feliz y me sentía tan adulta por fin, que me olvidé de que no es oro todo lo que reluce. Sobre todo cuando aquello que relucía no era más que algo que mi imaginación había querido creer que era real.

En resumen: me destrozaron el corazón. Bueno, lo que sentí es que me lo rompieron y que luego recompusieron los trozos lo justo para poder romperlo en trocitos aún más pequeños. Era incapaz de entender qué había hecho yo para que alguien se estuviese comportando así conmigo. Me vi actuando de manera totalmente irracional. No me reconocía.

Durante un corto periodo de tiempo me volví loca, estaba completamente fuera de mí. Ahora ya conozco los nombres específicos de lo que me estaba pasando, pero en aquel momento pensaba que estaba perdiendo el juicio. Cuando por fin encajaron las piezas (nada original, cómo era de esperar), me hundí totalmente.

Había tenido la gran suerte de que casi todas mis «historias» previas habían sido con personas con las que existía aprecio mutuo. Cuando aprecias a alguien, haces lo posible por no hacerle daño, al menos de manera intencionada. Me costó salir de mi realidad paralela y ver que claramente este no era el caso.

Como dije aquí, acababa de pasar por un proceso de transición importante y pensaba que por fin mi vida se estaba estabilizando. Por eso no vi venir el golpe, y como resultado caí en la depresión más profunda que he tenido en toda mi vida. Y admito mi parte de culpa, por ingenua y también por inexperta en gestionar relaciones y emociones.

El esfuerzo de vivir

La mejor manera que encuentro para describir cómo me sentía es esta: vivir suponía un esfuerzo tan grande para mí que no estaba segura de poder aguantarlo. Y no, no estoy exagerando, ni ahora ni entonces. Era lo que sentía. Me pesaba hacer lo que tenía que hacer para mantenerme con vida.

Solo tomaba algo de sopa cuando era capaz de obligarme y solo dormía cuando estaba exhausta de tanto llorar. Así un día detrás de otro. Perdí mucho peso y mentalmente no es que estuviese muy lúcida.

Por suerte pude salvar mis exámenes porque habían sido justo cuando comenzó todo el lío, pero los entrenamientos y las competiciones eran inevitables. Ir a la pista era una agonía en sí aunque, al mismo tiempo, era el único rato en el que era capaz (casi siempre) de mantener la compostura. 

Luego volvía a casa para meterme en la cama, llamar a mi madre y seguir llorándole a través del teléfono. Yo prácticamente no hablaba, pero escucharla al otro lado me ayudaba a no sentirme tan sola.

En el lado positivo de la experiencia, me llamó la atención el cariño que recibí por parte de mi grupo de entrenamiento, mi entrenador incluido. Me arroparon, me comprendieron y me defendieron cuando veían que era necesario. Con lo tímida y lo reservada que era, me sorprendió que no dudasen de que si estaba en ese estado era por algo. Su apoyo me marcó mucho, la verdad, y siempre les estaré agradecida.

Toda aquella situación me sirvió también para estrechar lazos con dos personas en particular. La primera fue mi madre, a quien hasta ese momento nunca le había contado absolutamente nada sobre mi vida sentimental. La segunda fue una jovencita gallega recién llegada al grupo, que aguantó carros y carretas, y se fue convirtiendo en una persona muy importante para mí.

A pesar de haberme sentido utilizada y humillada, con el tiempo entendí que al final cada persona tiene que buscarse la manera de sobrevivir. En este caso de supervivencia fui yo la que tuve que pagar los platos rotos. Era una lección de vida que necesitaba para ser consciente de cuántas cosas me quedaban por aprender, tanto sobre mí como sobre el comportamiento humano.

Cogiendo impulso desde el fondo

A nivel deportivo, en pista cubierta fui al Campeonato de España e intenté dar lo mejor de mí, que para como estaba no fue poco. La mala suerte (o la mala leche de alguien, nunca lo sabré) hizo que mi competición no acabase de la mejor manera. Otro golpe más.

Gracias a una breve escapada a casa, algo de ayuda psicológica profesional y  el apoyo recibido por parte de la gente que me apreciaba, vivir se me fue haciendo un poco más llevadero. Seguía llorando a diario, pero al menos ya confiaba en que conseguiría recuperarme en algún momento.

Esa recuperación no fue progresiva, sino que ocurrió de la noche a la mañana. Literalmente: de salir de fiesta casi obligada en una noche que tenía todos los ingredientes para acabar en tragedia, a levantarme a la mañana siguiente con ganas de comerme el mundo. Y lo más importante: sintiendo que realmente era capaz de hacerlo.

Nadie se explicaba cómo podía haber pegado un cambio tan radical en cuestión de horas. Sinceramente, yo tampoco. Solo sabía que me sentía como si aquella noche me hubiese liberado de un gran lastre emocional, y que a partir de ese día iba a sacarle partido a esas ganas de vivir renovadas que tenía.

Parecía una persona totalmente distinta. Pronto aprendí a pasármelo bien sin darle tantas vueltas a las cosas. Probablemente me despendolé un poco más de lo debido, pero mira, que me quiten lo bailao. Era mi momento y tenía que aprovecharlo mientras durara.

También remonté a nivel deportivo. Sin duda el mejor momento de la temporada de aire libre fue poder compartir medallero con una de mis mejores amigas, en el que era su primer podio en un Campeonato de España Absoluto (el primero de muchos podios y triunfos). Creo que estaba más feliz por ella que por mí.

De niña a mujer de mundo

Otra de las cosas de las que me di cuenta fue de que era más autosuficiente de lo que pensaba. Comprendí que si quería hacer algo podía hacerlo por mí misma, sin esperar a que alguien me diese el visto bueno o me acompañase en el camino.

Así que, después de posponerlo unos cuantos años por inseguridades varias, decidí por fin irme a Nueva York sola durante casi un mes. Fui para estudiar inglés con una de esas famosas becas MEC, que en aquellos tiempos normalmente se usaban para ir a Malta a darlo todo.

En cuanto salió la convocatoria me tiré de cabeza sin dudarlo. Fui a finales de agosto y nada más llegar ya me sentí como en casa. Pensé que iba a sentirme pequeña, pero ocurrió todo lo contrario. Allí pasé muchos días disfrutando de mi propia compañía, paseando, observando y sintiéndome agradecida por todo lo vivido para llegar hasta ahí.

Durante mi estancia conocí a varias personas que contribuyeron enriquecer muchísimo la experiencia y con las que compartí aventuras que quedarán siempre para el recuerdo. Ese viaje me enseñó que el mundo está lleno de oportunidades y que solo hay que atreverse a ir a por ellas. 

A partir de otoño de aquel año tuve la suerte de tener de nuevo pared con pared a una persona con la que poder contar, ya que la jovencita gallega antes mencionada entró a vivir en el mismo piso que yo. Y resultó que compartir piso podía ser divertido, ¡quién lo hubiera imaginado!

El resto del año lo aproveché al máximo. Me divertí todo lo que quise y un poco más. Al final ha sido probablemente el año en el que he tenido mayor concentración de eventos, tanto propios como ajenos. Hubo personas que llegaron al mundo, otras se fueron y también hubo quienes se unieron. La vida en todas sus expresiones.

La resiliencia es un superpoder

Se puede decir que en el 2010 volví a nacer. Estrené el año cayendo a lo más bajo y sin saber dónde buscar la salida. Finalmente conseguí darle la vuelta y convertirlo en uno de los años más intensos y más enriquecedores de mi vida. La resiliencia es realmente un superpoder.

Cómo me vi y me sentí durante los primeros meses de aquel año se convirtió en mi nueva vara de medir el miedo, hasta hoy. Aprendí a valorar las ganas de vivir porque había experimentado lo que era perderlas. Me prometí que jamás volvería a ese extremo, por nada ni por nadie.

A veces el dolor es necesario para crecer, y el dolor que sentí entonces fue el detonante de mi proceso de crecimiento personal, así que no lo cambiaría por nada.

P.S.: He tratado de ser fiel a lo que sentí sin dar demasiados detalles, aunque quien viviese aquellos momentos conmigo sabe lo que hay. Insisto en que no es un intento de ser dramática: para mí fue una situación traumática, de esas que te hacen ver la vida con otros ojos.

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4 comentarios en “Un corazón roto y un viaje de vuelta a la vida (2010)”

  1. Ay Petra, vales .mucho muchísimo, nunca dejes que nadie te haga pensar lo contrario.te conocí primero como atleta….y creo en este aspecto que el deporte no ha sido justo contigo xq no te ha devuelto ni la mitad de lo que vales. Como perdona tb pude conocer algo de to en varias competiciones, y aunque eres una persona muy tímida e introvertida se ve a km lo gra de que eres como persona. Un beso enorme de una compi de selección de tierras Canarias. Anita Toral.

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    • ¡Muchas gracias Ana, de corazón! Algo he conseguido salir del cascarón desde aquellos tiempos, pero sí, siempre he sido muy «pa’ dentro» ;) El deporte… bueno, quizá no obtuve de él los resultados medibles que me hubiese gustado, pero afortunadamente me dejó muchas experiencias, enseñanzas y, sobre todo, muchas personas. Gracias de nuevo por tus palabras, y felicidades por esa vida tan bonita que has creado (en todos los sentidos). ¡Un fuerte abrazo!

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  2. Me ha encantado leer tu historia. Conocer las etapas que has resaltado y que muestres con tanta sinceridad incluso lo más doloroso. Yo debo decirte que eres una gran mujer, que tu sola presencia ya hace que las personas se sientan bien y que cuando hablas no es para decir tonterias. Tu manera de pensar, de opinar y de ayudar es muy productiva y ha sido necesaria en mi vida y seguramente en muchas otras mas. Te felicito por este valioso blog y espero todo siga fluyendo.

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    • Muchas gracias por tomarte el tiempo de leerla, María. Fue esta experiencia la que me ayudó a ver que tenía que trabajar mucho en mí, así que se puede decir que es el origen de «los rollos» que suelto ahora ;) Me alegro de haber podido aportar algo a la causa. ¡Un abrazo!

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