De ilusiones sí se vive

Durante la mayor parte de mi vida me he considerado una persona realista, entendiéndolo como que prefería no hacerme ilusiones con las cosas para no pasarlo mal después si no salían como esperaba. Pero vamos, tan convencida y orgullosa que estaba de mi actitud, creyendo que me proporcionaba el nivel óptimo de protección frente a las amarguras de la vida. Que me echaran lo que quisieran, ¡estaba preparada para afrontar cualquier cosa!

Pues bien, desde aquí quiero hacer un fugaz viaje en el tiempo para contactar con mi “yo” del pasado e informarle de que esa actitud es una auténtica mierda. Que sí, que podría tener cierta lógica, pero es que la vida no está inventada para usar siempre la lógica. Con esa forma de ver la vida, estás como cortado, comedido, porque tienes que reservar una parte de tu fuero interno para la posibilidad de que las cosas no salgan como quieres. Y la realidad es que así no se puede disfrutar al 100% de nada. Todos los “ysis” y “peroesques” no son más que obstáculos que tendemos a poner a la verdadera felicidad.

Claro que las cosas pueden salir mal, pero es que lo harán de cualquier modo, no vas a poder evitarlo porque te pongas en ese caso de antemano. Es más, probablemente con esa actitud estés atrayendo tú mismo ese desenlace. Y esto no tiene nada que ver con el poder de la mente y demás (bueno, un poco sí, pero no voy a ahondar en eso ahora), sino con que lo que recibes es el resultado de lo que proyectas.

Tener ilusión es lo que hace que vivir valga la pena. Y hay que vivirla con toda el alma, porque de otro modo no le estás dando el protagonismo que merece, sino que le estás cortando las alas antes de darle la oportunidad de volar. Y si sale mal, pues pasas el duelo, lloras, te lamentas o lo que haga falta y ya está, pasas al siguiente capítulo buscando una ilusión nueva. El miedo estará ahí, casi seguro, pero lo importante es no permitir que te prive de esa energía que parece salirse del pecho cuando algo te ilusiona, de esa sensación de estar casi flotando, que hace que te cueste menos levantarte por las mañanas y que te hace ver el sol hasta en el día más gris. No te niegues eso solo por temor a que no dure para siempre, es más, muchas veces es lo mejor. Créeme, sé de lo que hablo.

No permitirse sentir eso es vivir a medio gas; los miedos, los reparos, las prudencias excesivas no son buenos compañeros. Lo que no te mata te hace más fuerte, no es una frase hecha, es el mecanismo de funcionamiento de la vida. Crecemos y aprendemos gracias a los éxitos pero más aún debido a los reveses, y todos ellos son necesarios para ir avanzando. Mejor ir con paso firme y arriesgarse a caerse que ir de puntillas.

Por eso, quiero aprovechar para darle las gracias a toda persona, entidad, circunstancia, acontecimiento y giro inesperado del destino que hasta el día de hoy me han tratado de manera inadecuada, ninguneado o rechazado, porque gracias a ese tipo de situaciones es por lo que voy subiendo poco a poco el nivel de exigencia, teniéndome más respeto y consiguiendo que todo lo que incorpore a mi vida sea cada vez mejor. He aprendido a verlas siempre como una oportunidad para quitarme de encima aquello que no me sirve ni ilusiona y reconducir mi atención hacia lo que realmente se adapta a mí. ¡Y funciona!

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