El atletismo y yo

Cuando el atletismo y yo nos conocimos, hace ya media vida, todo era fácil, divertido. No había compromiso, iba picando de unas pruebas y otras, buscando sensaciones diferentes, desconocidas hasta entonces. Los nervios, la adrenalina, esos primeros momentos en los que nos estábamos conociendo y cada día me sorprendía con algo nuevo. Además, aunque fuera vestida con una camiseta de propaganda dada de sí y unas mallas viejas de cuando aún estaba con el ballet, no le importaba, le bastaba con que hubiera elegido estar con él y así me lo hacía sentir. Comenzamos a hacer viajes juntos, dentro Gran Canaria, a otras islas e, incluso, a la Península. Yo, que por aquel entonces tenía 15 años y vivía en una isla, no podía pedir más, era muy feliz. Por si fuera poco, la gente me confirmaba que nos veían bien, como hechos el uno para el otro, que estaba claro que teníamos futuro juntos. Y así lo sentía yo también.

Poco a poco fuimos consolidando lo que teníamos. Llegaron las primeras medallas y, con ellas , la clara señal que la cosa estaba yendo en serio. No como algo negativo, para nada, simplemente como algo más real. Cada vez teníamos más ojos puestos en nosotros, pendientes de lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Nosotros seguíamos siendo felices y, aunque hubiera personas que nos hicieran alguna jugada sucia (tal vez para probar la fortaleza de nuestro vínculo, no lo sé), teníamos claro que queríamos seguir juntos.

A los 18 años llegó nuestra primera crisis importante. Era mi primer año de universidad, por lo que de repente solo podíamos vernos por las mañanas y a solas. Poco a poco fui dejando de ir a nuestra cita diaria, la carrera que había elegido no me hacía sentir bien, me sentía muy presionada y lo acabé pagando con él. Finalmente tomé la decisión de dejar la carrera y volver a vernos por la tardes, junto con nuestros amigos. Los resultados de esa temporada no fueron buenos, aunque lo importante fue que nos reconciliamos y, después de darle muchas vueltas, decidimos dar un paso más en nuestra relación. Cambié de carrera, de entrenador y de club y, con esos cambios, todo empezó a ir sobre ruedas.

Estuvimos dos años así, sin ponernos límites y disfrutando de cada momento que pasábamos juntos. Hubo periodos duros, situaciones difíciles de sobrellevar, pero el atletismo fue un gran apoyo tanto para mí como para otras personas cercanas a nosotros. Esa es una de las cosas que más me ha gustado siempre de él, que a veces bastaba con su simple existencia para hacerte sentir mejor. Mejoramos mucho juntos y cada vez teníamos más ganas de comernos el mundo.

Y de nuevo, llegó la hora de tomar decisiones. Una serie de acontecimientos me llevaron a buscar cambiar de aires de nuevo, esta vez lejos de casa. Sin pensarlo mucho, solicité la beca para entrenar en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid. Me iría con un buen amigo, así que supongo que eso ayudó a que no le diera demasiadas vueltas y me tirara de cabeza.

La llegada a Madrid supuso la formalización de la relación. El atletismo y yo nos hicimos pareja de hecho, con invitados y todo. La ilusión seguía intacta, pero no tardamos en empezar a hacernos daño. Las lesiones físicas eran secundarias, las emocionales eran más complicadas de llevar. Los tiras y aflojas eran constantes, pero yo seguía sintiendo lo mismo por él. Lo cierto es que fue cambiando poco a poco y cada vez me costaba más entenderlo. Cuando le prestaba menos atención y le dejaba a su aire, permitiéndole que hiciera un poco lo que quisiera y centrándome en otras cosas, parecía quererme más y tratarme mucho mejor que cuando me volcaba en él y dejaba que toda mi vida girara en torno a complacerle. Curioso, ¿no?

Tuvimos momentos muy buenos, por supuesto que sí, pero las etapas malas duraban demasiado. Lo intenté, luché con todo lo que tenía, y con las fuerzas que no tenía también, para que aquello funcionara. Llegué a mudarme a Soria para que pudiéramos seguir juntos pero, a pesar de todo, la situación se volvió totalmente insostenible y acabé dejándolo, por el bien de mi salud física y mental. Me fui a casa y lo borré de mi vida.

Tras casi un año sin saber nada el uno del otro, en un viaje a Madrid retomamos el contacto. Al principio no le hice mucho caso, solo quería volver a tener una relación cordial por lo que habíamos vivido pero, como suele pasar en estos temas, se habían quedado cosas en el tintero y yo supe enseguida que iba a volver a caer. Eso sí, después de tantear el terreno llegamos al acuerdo de tomárnoslo con mucha calma y le dejé bien claro que no iba a ser mi prioridad, que iríamos viendo cómo iba evolucionando.

Nuestra historia desde ese momento ya la he contado en anteriores entradas. Esta última temporada que finalizó hace un mes había vuelto a organizarlo todo para poder darle al atletismo lo mejor de mí. Escuché lo que me pedía, lo entendí y respeté sus plazos. Hubo cosas que no le pude dar por falta de medios, pero hice todo lo que estuvo en mis manos y en mis piernas para poder seguir avanzado juntos. ¿Y qué ha pasado? Que de nuevo me ha dado la espalda. Sigue presente, lo estoy viendo, pero no me dice nada. Esta vez no me ha hecho daño, pero ya no sé qué es lo que espera de mí. Supongo que quiere que yo diga o haga algo. Tampoco sé cuánto tiempo seguirá aquí, ni si me avisará antes de irse. Solo sé que mientras siga aquí, conmigo, aún no se habrá acabado.

P

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