El miedo al éxito

Llevo mucho tiempo recopilando consejos y pautas para saber cuál es el camino a seguir, cómo plantearme los objetivos de manera adecuada y descubrir la mejor manera de conseguirlos. Y cada día que pasa lo tengo más claro, pero ayer mientras escribía mi reflexión diaria, me di de frente con la cruda realidad: mi actitud no es la de una persona que busca ser exitosa.

Me explico. Desde que tengo uso de razón, he tenido la tendencia a actuar por debajo de mis posibilidades. Incontables han sido las veces en las que podría haber hecho “algo más” para que el resultado de lo que tuviese entre manos fuese mejor y no lo hice, aun siendo plenamente consciente de ello. Ese acto deliberado de no usar todo mi potencial en un momento dado me ha llevado a dejar escapar muchas, muchísimas oportunidades que, poniendo ese “algo más” de mi parte, seguramente hubiera podido aprovechar. Lo peor es que ni siquiera era (o es) por vagancia, sino por puro miedo al éxito, a no saber enfrentarme a él.

Que de repente aparezca la verdad ante tus ojos mostrándote, una detrás de otra, las cosas que perdiste por no intentar dar lo mejor de ti… Digamos que es un tanto irritante. Más que irritante, doloroso, un balonazo en la cara en toda regla.

Cuando era niña me daba todo igual, hacía lo que me apetecía aunque se saliera de la norma, pero desde los 11-12 años me he escondido, he intentado no llamar la atención y, en los momentos puntuales en los que lo he hecho, no me he sentido nada cómoda. Pasar desapercibida ha sido siempre lo fácil. Lo habitual es que la gente tema el rechazo, yo tengo miedo a gustar. No me saco todo el partido que puedo porque no llevo bien que se fijen en mí. No me muestro sin coraza a la mayor parte de las personas porque evito crear vínculos afectivos. La lista es larga y, a muchos ojos, incomprensible. Lo sé.

Con el pasado no se puede hacer nada más que aprender de él, que ya es bastante. Este miedo es algo que siempre ha estado ahí, en un segundo plano, bailando entre lo consciente y lo subconsciente, pero ahora tiene forma de muro y me ha cortado el paso. Reconocer que existe es el primer paso para librarme de él y eso acabo de hacerlo. Ya no puedo dar más rodeos, debo atravesarlo para llegar al otro lado porque intuyo lo que me espera ahí, quiero lo que hay ahí. Creo que cuento con un buen arsenal de herramientas para hacerle frente y qué mejor momento que este para usarlas. Es hora de dejar los viejos temores atrás y buscar otros nuevos. Seguiremos informando.

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