Por qué empecé a ser más consciente (I)

Quiero contar por qué empecé a ser más consciente de lo que como, lo que me pongo y los productos que uso, no necesariamente en ese orden. Lo bueno de escribir y compartir cosas de manera habitual es que cada vez resulta más sencillo hacerlo. Además, nunca se sabe (o sí) quién puede estar leyendo y si a alguno de esos quienes puede resultarle interesante y/o útil, así que yo sigo con lo mío.

En Mayo de 2011, unos días antes del Acto de Graduación de mi Facultad de CCAFyD, me salió una pequeña mancha roja en el brazo. Pensaba que podía ser un hongo, así que fui al médico para que me recetara algo que pudiera combatirlo y, después de confirmarme que tenía razón en mis sospechas, me mandó un fungicida tópico. No solo no mejoró con la pomada, sino que cada vez se iba extendiendo más.

A finales de ese mismo mes empecé a trabajar de camarera en un bar-cafetería-terraza, en unas condiciones bastante cuestionables (necesitaba el trabajo para pagar el alquiler y seguir en Madrid entrenando, pero después de una semana pasando 7-8 horas seguidas de pie, mi tendón de Aquiles dijo “hasta aquí”). Nada más empezar en mi nuevo trabajo, las ronchas se extendieron a una velocidad increíble, al principio solo por los brazos, pero llegó un punto en el que tenía prurito por todo el cuerpo. La médico de cabecera no sabía qué podía ser, aparte de una evidente reacción alérgica a algo, así que me recetó una crema con corticoides para las heridas que me había hecho en los brazos por estar rascándome compulsivamente, y ansiolíticos para que dejara de hacerlo. También me derivó al dermatólogo.

Las pastillas las tomé solo 3 días porque eran droga dura, me dejaban totalmente K.O. (que era la idea), pero no era capaz de pensar con claridad y coordinar movimientos me resultaba casi imposible. Ahora me acuerdo y me río, pero en aquel momento me dio bastante miedo. Mientras tanto, continué yendo a trabajar y, como mi uniforme era una camisa de manga corta, me dejaba las heridas al descubierto. Me pasaba gran parte del día de pie al sol (Junio/Julio en Madrid), así que traté de protegerlas con protector solar, del típico que puedes comprar en el supermercado. Cuando estaba expuesta al sol, el ardor constante en los brazos y el picor generalizado que sentía era indescriptible. No sé cómo resistí la tentación de seguir tomándome los ansiolíticos, supongo que fue porque prefería el dolor a no ser capaz de poner un pie delante del otro.

Llegó mi cita con la dermatóloga que, después de un breve cuestionario y sin poner demasiado esfuerzo en la consulta, me dijo que tenía “alergia a mi propio sudor”. Por si fuera poco, también me informó de que no había nada que hacer, «que me aguantara». Después de salir de allí acordándome de todos sus ancestros, me metí en San Google para ver qué narices era eso de la “alergia al propio sudor”. Resultó que eso no existía como tal, no era un diagnóstico válido. La impotencia que sentí en ese momento fue monumental. Ni pruebas, ni explicaciones; después tanta historia no había conseguido más que el diagnóstico de una patología que no existe.

En los momentos más desesperados es cuando suelen aparecer muchas de las grandes ideas, así que de repente se me encendió la bombilla: toda aquella sintomatología era la forma que tenía mi cuerpo de hablarme, de pedirme que lo escuchara. Llegué a la conclusión de que si estaba reaccionando así, era porque algo estaba haciendo mal con él, y la manera que tenía de avisarme era esa. Así fue como empezó todo…

(Continuará…)

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