Estoy soltera y más entera que nunca

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Tengo 33 años y estoy soltera. Nunca he tenido pareja estable. La mayoría de las personas que lean esto pensarán de forma automática «eso no es normal», seguido por un «eso debe ser porque tiene alguna tara». Bueno, para que quede claro desde el principio: no tengo más taras que las que puedas tener tú. Sí, tú, seas quien seas. Y no, no es algo relativo ni una opinión personal. Tengo inseguridades, experiencias y cicatrices, como todo el mundo, faltaría más. Pero eso no es tener taras, sino que es ser persona, ni más, ni menos. Y para ser persona no existe molde, así que cada una lo gestiona como puede.

Que no haya tenido pareja estable no significa que no haya tenido mis historias. Unas cuantas, de hecho. Por historias me refiero a vínculos de cierta duración con hombres (o proyectos de hombre, según el caso), con mayor o menor implicación de sentimientos. Y también, cómo no, con mayor o menor implicación de comprensión, empatía, respeto… esos pilares tan básicos, pero tan ausentes a veces.

La escasez de amor propio... y de respeto

¿Eso significa que no sé lo que es el amor? En mi caso, puedo decir con toda certeza que lo he sentido, y también he experimentado lo que no es. He estado enamorada dos veces en mi vida: la primera casi acaba conmigo y la segunda fue la que me dio el empujón que me faltaba para no resignarme ni conformarme. La primera vez acabó siendo algo enfermizo; la segunda vez fue algo platónico: correspondido, aunque imposible.

(Nota: hay personas que han tenido una o varias parejas estables y aun así nunca han estado enamoradas. El amor no es algo circunstancial, de modo que una cosa no implica necesariamente la otra.)

Cada historia de las que he vivido ha estado en diferentes puntos del espectro existente entre ambos extremos. No tanto del amor, sino de las características de la relación/vínculo y de lo que aprendí de cada una de ellas. La mayoría de las veces me sentí deseada, pero rara vez coincidía con sentirme querida. O comprendida. O respetada.

Siempre me eché la culpa por ser demasiado honesta, por mostrar demasiado mis emociones y por no entrar en ese juego tan popular de hacerme la interesante o, mejor dicho, de hacerme la desinteresada. Nunca he sabido cómo hacerlo y, sinceramente, no creo que aprenda. Pues eso, que siempre asumí que la culpa era mía, porque el patrón de ser un pasatiempo hasta que apareciese otra no hacía más que repetirse. Eso en el más transparente de los casos, claro.

De todo se sale; de todo se aprende

Las veces que los sentimientos simplemente no estaban ni se les esperaba, no ocurría nada, siempre y cuando hubiese respeto. Para mí el respeto implica ofrecerle a la otra persona la verdad, duela o no. Cuando un hombre ha sido honesto conmigo o yo lo he sido con él, nos hemos acabado entendiendo, aunque fuese con el paso del tiempo. Por suerte, me he relacionado también con hombres decentes, con quienes ahora mantengo una relación de respeto mutuo y, en algunos casos, de aprecio y admiración «a nuestra manera».

Aunque suene a lo típico que se dice, no le guardo rencor a ninguno de los hombres que han pasado por mi vida. Cada uno de los protagonistas de mis historias me ha enseñado algo. Hay cosas que solo se pueden aprender a través del dolor y por eso también agradezco las experiencias que me lo han causado. Me han ayudado a crecer como persona y a hacerme cada vez más fuerte.

Gracias, pero «hasta aquí»

A medida que me fui adentrando en mi aventura del autoconocimiento, me di cuenta de que uno de mis principales problemas era el de no poner límites. No los ponía porque, en el fondo, era yo la que no se respetaba. Eso me llevó a permitir que me hicieran daño, que me humillaran y que fueran minando mi autoestima poco a poco. Lo hicieron otros, sí, pero fui yo quien lo permitió. Llegué a convencerme de que yo no estaba hecha para el amor o, al menos, para que otra persona lo sintiera por mí. Por eso, acabé acostumbrándome a ser ese pasatiempo transitorio, como si fuese lo máximo a lo que podía aspirar.

Hace unos dos años me planté. Estaba tan cansada de que me intentasen tomar el pelo, una vez detrás de otra, que dije «hasta aquí». Y hasta ahí. En ese momento salí voluntariamente del mercado y sigo fuera de él. No, no tengo absolutamente nada en contra de los hombres (que seguro que habrá quien lo piense), sino todo lo contrario. Me refiero a que no hago nada de forma activa para conocer a nadie. Es más, he puesto mucho de mi parte para que eso no pasase. Lo necesitaba.

Como la vida es como es, mi experiencia platónica tuvo lugar durante este tiempo. Lo que consiguió fue precisamente enseñarme que me merezco ser amada, querida, comprendida, respetada, tanto como cualquiera. También me enseñó que lo merezco simplemente por ser yo, con mis virtudes y con mis defectos, sin tener que entrar en juegos ni inventar tramas rocambolescas. Estaré eternamente agradecida.

Soltera, feliz y más ilusionada que nunca

Ahora, precisamente porque he aprendido, no tengo intención alguna de cometer los mismos errores del pasado. Los errores que cometa han de ser nuevos y originales, que de esos también hay de sobra. Me ha costado mucho trabajo fortalecer mi autoestima y mi amor propio, además de mi autosuficiencia, como para arriesgarme a tirarlo todo por el desagüe por ser el pasatiempo de otra persona. Perdona, pero no.

Estoy en un momento de mi vida en el que tengo lo que necesito y, al mismo tiempo, me estoy esforzando para conseguir lo que quiero. Hasta la fecha he superado los obstáculos que se me han puesto por delante, así que puedo decir con tranquilidad que me las arreglo bastante bien sola. Dicho esto, afirmo que hoy en día creo en el amor más que nunca. Sé que existe, que es posible y alcanzable. Pero el amor en el que creo está basado en el respeto, la admiración, la comprensión, la comunicación, la autocrítica y la humildad. Es lo que estoy dispuesta a ofrecer, y por tanto es lo que exijo a cambio.

Cuando dedicas tiempo a construirte como persona y a crear tu propia identidad, ya no necesitas que otra persona te preste la suya. Una pareja debería complementarte, no absorberte; mucho menos hundirte. Si mi camino se cruza con el de alguien que me haga más feliz de lo que ya soy, y además considera que yo puedo ofrecerle lo mismo, bienvenido sea. Con la ilusión intacta, sin reservas. Eso sí, mientras tanto yo sigo con lo mío, porque por menos de eso no me bajo de la soltería.

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