De Soria a la casilla de salida (2012)

Al llegar a Soria, todo empezó bastante bien. Era una situación nueva y emocionante, y la incertidumbre jugaba a mi favor porque me permitía soñar con cualquier posibilidad. Esa incertidumbre duró bastante poco.

La realidad era prácticamente no podía entrenar. Levantarme cada mañana y poner el pie en el suelo era una tortura pero, aun con dolor, al menos podía andar. Lo malo es que en el salto de longitud andar no te sirve para hacer gran cosa…

Iba a la pista todos los días y hacía lo que podía, que era un poco de movilidad articular y algo de fuerza. Después de hacerme pruebas, la conclusión del médico era que tenía el tendón muy debilitado, pero la soluciones que me ofrecían no me valían de nada. Era otra manera de decir que lo que mejor me iría sería parar.

Para ocupar algunas tardes, me ofrecieron la oportunidad de dar atletismo en colegios como actividad extraescolar. La actividad estaba dando sus primeros pasos así que aún había pocos niños. Con los mayores (9-11 años) me lo pasaba bastante bien, pero con los más pequeños acababa desesperada porque no era capaz de controlarlos.

No era desesperada en plan gracioso, no. Llegó a estresarme bastante. Esa experiencia me sirvió para conocer otra cosa más de mí: la importancia que le doy al orden y la estructura a la hora de trabajar con otras personas (por pequeñas que estas sean). Si no existe una comunicación directa y efectiva, pierdo totalmente el hilo de la actividad… y pone en serio peligro mi paciencia.

La estrategia de no pensar

Salir de fiesta continuamente fue una de las maneras en las que pasaba el tiempo, sobre todo al principio. Al ser Soria una ciudad universitaria, era una práctica bastante generalizada. Salía hasta muy tarde, a veces hasta el amanecer. Así al día siguiente también tenía la excusa perfecta para ocupar unas cuantas horas más durmiendo.

No voy a decir que me arrepienta porque mentiría. En aquel momento las cosas se dieron así y sé por qué hacía lo que hacía. A veces las decisiones que tomamos no son las más sensatas, ni las que nos vayan a traer los mejores resultados a ningún plazo. En mi caso, esas decisiones eran consecuencia directa de otras cosas que estaban pasando y a las que no sabía cómo enfrentarme.

Lo que era evidente era que cada vez estaba más triste y más apagada (más de lo normal), pero también más nerviosa. Me empezaron a salir algunas canas, cosa que me asustó. No por las canas en sí, sino porque eran señal de que mi estado de ánimo estaba manifestándose en el exterior. Ahí fue cuando empecé a preguntarme cuánto tiempo más sería capaz de aguantar así.

Volver a sentirme atleta

Mi único objetivo era poder volver a saltar. Era para lo que me había trasladado hasta Soria y era lo que más quería en aquel momento. Centré todos mis esfuerzos en ello, aguantando el dolor para poder hacer cada día un poco más entrenando y cuidando el resto del tiempo del tendón como si fuese de cristal.

Había fichado por un club nuevo ese año que, a pesar de estar lesionada, tuvo en cuenta mi historial y confió en mí. Quería agradecerles la confianza compitiendo en la Liga de Clubes. A base de mucha cabezonería, pude participar en las dos últimas jornadas. En la jornada final, de hecho, fui capaz de ganar mi prueba con una marca que hacía ya un par de años que no alcanzaba.

Que hubiese podido volver a saltar no significaba que ya estuviese recuperada, ni mucho menos. El dolor en el tendón seguía siendo insoportable y me tenía machacada, sobre todo psicológicamente. Confié en que aquel resultado me ayudaría a seguir hasta el final de aquella temporada excepcionalmente larga.

El problema es que, aparte del dolor físico y del esfuerzo mental constante, emocionalmente estaba completamente vacía. Ya no tenía de dónde sacar más fuerzas. Una mañana, justo antes de empezar a calentar para otra competición, mi mente me paró en seco y me dijo «hasta aquí». Y hasta ahí: en ese momento supe que se había acabado el atletismo para mí.

En dos semanas, después de gestionar a contrarreloj todo lo que me dio tiempo a gestionar, me despedí de Soria. Hice parada técnica en Madrid para solucionar también lo que tenía pendiente y para despedirme como correspondía. El 6 de julio cogí el vuelo de vuelta a Gran Canaria, el único sitio en donde podía refugiarme.

(Quiero volver a agradecer a todas las personas que me hicieron mi estancia menos difícil, estuviesen cerca o lejos, tuviésemos un contacto habitual o puntual. Independientemente del tipo de relación que tengamos ahora, nunca olvidaré lo que hicieron por mí. Gracias.)

De Soria a la casilla de salida

A partir de ahí, me quedaba un verano complicado por delante. Lo había intentado y al final había perdido la batalla, exhausta además. Ese año fueron los Juegos Olímpicos de Londres, pero estaba tan dolida con el atletismo que solo fui capaz de ver la calificación del triple salto femenino. Me sentía tan decepcionada que no quería saber nada más de él.

Para quien haya leído las últimas entradas, creo que no he ocultado que mi estado de ánimo en general tendía bastante hacia la tristeza. Aquel verano lo pasé tirada en el sofá lamentándome de mi mala suerte. Había huido de Soria porque ahí me había consumido, pero tampoco quería estar en Las Palmas. Estaba completamente bloqueada y no tenía ni idea de cuál era el siguiente paso a dar.

Lo único que hice en aquellos meses fue un curso de Pilates de esos de fin de semana. Necesitaba sentir que estaba haciendo algo, aunque no había que ser un lince para saber que un curso de ese tipo poco me iba a aportar. Al menos me sirvió para salir de casa y animarme un poco.

Basta de lamentos. ¡Ponte en movimiento!

A mediados de septiembre mi madre, siempre saliendo al rescate, se cansó de verme sintiendo pena de mí misma y me dijo que tenía que espabilar. Que lo que estaba haciendo (es decir, nada) no me iba a llevar a ningún lado, y que si quería que cambiara mi situación más me valía ponerme las pilas.

Si antes me sentía un fraude en todo lo relacionado con el deporte, tras los recientes acontecimientos ya me sentía completamente inútil. Así que, de nuevo, me fui por la tangente y me puse a dejar CVs en algunos hoteles del sur de la isla. Gracias al idioma que también tengo que agradecerle a mi madre, no tardé mucho en conseguir un trabajo como animadora turística.

La verdad es que me daba miedo no estar a la altura. Sabía que mi perfil de persona tranquila y poco habladora no era el idóneo para un trabajo así. Nadie que me conociese pensaría en mí al escuchar «animación», «diversión» o «energía contagiosa», yo la primera.  Sinceramente, pensé que no duraría ni una semana.

Al final resultó que mi forma de ser calmada y mi sangre escandinava (además del idioma, claro) me ayudaron a conectar desde un principio con pequeños y mayores. Cosas de la vida. También tuve que aprender a hacer el paripé, claro, como cualquiera que tenga que adaptarse a una situación en la que no tiene experiencia previa. Ese trabajo me llevó a descubrir una parte de mí que hasta entonces desconocía…

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