Tu voz importa, aun cuando solo la escuches tú

AVISO: en esta entrada hablo de algunos «pensamientos oscuros», y hago referencia al acto de ponerle fin a la vida de manera voluntaria. Si crees (o sabes) que este tema te puede trastocar, quizá sea mejor que no la leas.

Que soy una persona bastante parca en palabras no es nada nuevo. Confiaba en que lo arreglaría de algún modo con el tiempo, pero está claro que es algo inherente a mí. En realidad no tuve ningún problema con ello hasta que se convirtió en algo que llamaba demasiado la atención en mí.

La cuestión es que estas cosas pasan factura, y te acaban condicionando. Si te convences (o te dejas convencer) de que algo falla en ti, tus opciones para afrontarlo se reducen a: a) haces lo que puedes para «solucionarlo», o b) te resignas y te quedas como estás.

Yo me decanté por la opción c), que es una combinación entre las dos anteriores. Había momentos en los que intentaba hacerme la participativa (sin mucho éxito, como era de esperar), aunque la mayoría de las veces tomaba la salida fácil: hablar lo justo y necesario, y tal vez un poco menos. Me hacía la invisible, aunque tampoco obtenía el éxito esperado. Vamos, que la mayoría de las veces acababa con la sensación de que no había manera de acertar.

Esta lucha constante por encajar, por que no te miren raro, pero al mismo tiempo por intentar que te miren de vez en cuando, es agotadora. Quieres decir lo que piensas, pero como normalmente no dices nada, al final eliges continuar por ese camino para evitar alejarte demasiado de tu papel y que sea peor el remedio.

Y llega un día en el que te has acostumbrado tanto a no hablar, a no expresarte, que hasta el sonido de tu propia voz te suena ajeno.

Cuando empecé con el blog encontré un medio que me permitía airear algunos de esos pensamientos que flotaban por mi mente, tomándome el tiempo necesario para darles forma sin la presión de que tuviese sentido a la primera. Por desgracia, hasta el momento nunca he conseguido ser constante con él. Ese miedo a decir algo fuera de lugar o carente de sentido sigue ahí presente, en segundo plano.

(A modo de muestra: llevo tres días escribiendo y editando esta entrada. Es difícil aceptar que nunca voy a decir todo lo que quiero decir, como lo quiero decir y en el orden que quiero decirlo. Es de estas veces que tengo que rendirme y dejarla ir, por caótica que la haya tenido que dejar.)

La vida es compleja. Esa es su esencia

Aunque creamos que sabemos todo lo que hay que saber sobre alguien, siempre nos va a faltar información. Si a eso le añadimos que nuestras circunstancias están en constante cambio, ya podemos terminar de asumir que es misión imposible.

A menudo nos creemos con la capacidad de leer a una persona por su aspecto, por su carácter, por sus acciones y sus logros. Asociamos las sonrisas con alegría y las lágrimas con tristeza. El dinero equivale a éxito y su escasez significa fracaso. ¿Tiene pareja? Es feliz. ¿Tiene fama? ¡Qué más puede pedir! Suma y sigue.

Cuántas personas hay que desde fuera diríamos que lo tienen todo, pero que por dentro están librando batallas que jamás podríamos sospechar. Esto puede ser difícil de aceptar, de entender incluso, porque choca con esa idea utópica de que existe una fórmula de la felicidad aplicable a cualquiera.

Existe un filtro invisible que empleamos para juzgar quién tiene derecho, en nuestra opinión, a quejarse o a tener pensamientos negativos. Como si la vida no fuese este complejo entramado de pensamientos, emociones y experiencias en el que muchas veces ni siquiera la propia persona sabe qué siente o qué quiere.

La complejidad de la experiencia vital humana no es una de esas cosas que es recomendable simplificar. Su esencia se encuentra precisamente en todos esos matices.

Pensamientos oscuros = Terreno resbaladizo

Cada uno es libre de pensar lo que quiera, es decir, nadie puede evitar que otra persona genere pensamientos, sin entrar a valorar del contenido de los mismos. El problema viene cuando dejas que te cohíba la mera posibilidad de que esos pensamientos se generen.

Decides omitir lo que piensas porque «no tiene sentido». No hablas de lo que te preocupa porque «hay cosas peores». Evitas pedir ayuda porque «hay gente con problemas más graves». Por si eso fuera poco, te sientes culpable por no sentirte bien.

Este es uno de los motivos que hace que sea tan fácil caer en la tentación de pensar que no eres importante, que a nadie le interesa lo que dices. Empiezas a relacionar tu valor con la capacidad que tienes para obtener de otras personas las reacciones que deseas o que crees que deseas.

Si la cosa va a más, puede llevarte a pensar en el impacto real que tiene tu voz. «¿Qué pasaría si estuviese X tiempo sin decir nada?», «¿se daría cuenta alguien?», «¿y si no volviese a decir nunca nada más..?»(*)

(*) Si tienes pensamientos de este tipo, seguramente sea hora de buscar ayuda.

Cuando tienes esta clase de pensamientos, ya tienes un pie en terreno resbaladizo, a solo un paso de patinar. Esto es serio, y pasa con mucha más frecuencia de lo que queremos creer. En general, no se habla lo suficiente de estas cosas… porque no es algo de lo que puedas hablar con todo el mundo. Son temas tabú, con los que resulta más cómodo mirar hacia otro lado, o minimizarlos y pretender que no existen en nuestra burbuja.

La triste realidad es que hay demasiadas personas que se convencen de que para ellas no tiene sentido seguir adelante, o que sencillamente no se sienten con fuerzas para seguir luchando. A simple vista puede ser difícil saber quién se encuentra al límite…

En primera persona

Yo solo puedo hablar desde mi experiencia, que es de donde salen las citas anteriores. En mi caso, ha habido épocas en las que he entrado en esa espiral de pensamientos oscuros, la última hace tan solo unos meses. Afortunadamente nunca ha pasado de ese estadio inicial, pero sigue sin ser un lugar bonito.

Aún así, soy consciente de que tengo una gran suerte porque, por algún motivo que no puedo explicar de manera racional, valoro muchísimo la vida. Incluso en los momentos más bajos, en el fondo siempre he tenido claro que era una situación temporal, que ya vendrían tiempos mejores.

Mi tendencia es a ser crítica y a ver las cosas con perspectiva, porque entiendo que los altibajos forman parte de la experiencia de vivir. En lugar de tratar de ignorar lo que me pasa, lo observo, lo acepto y lo proceso. Así es como consigo alcanzar el otro lado.

Esa capacidad de ver las cosas desde fuera es lo que me ha ayudado siempre a seguir adelante. Sin ella, sabiendo todo lo que solo yo sé de mí, creo que las cosas habrían ido por un camino muy diferente.

Una cosa está clara: no todos vemos las cosas de igual modo, ni tenemos las mismas capacidades y habilidades. Creo conveniente recordar que, como seres humanos, nuestras «experiencias vitales» son completamente distintas, así que nunca podremos ponernos en la piel de otra persona.

Esto hace que sea tan importante hablar de nuestras propias vivencias, así como permitir que otras personas hagan lo mismo. No tenemos por qué compartirlas, ni siquiera tenemos que entenderlas. Lo único que debemos hacer es aceptar que son válidas porque son suyas y son reales.

Tu voz importa. Déjate ver y escuchar

Antes de poner el foco en algo más práctico, he aquí una cruda verdad: cuando no cuentas con un flujo constante de palabras de aliento, de miradas cómplices o de palmaditas en la espalda, todo se hace un poco más cuesta arriba.

Que no cuentes con ellas no significa que nadie te quiera o que a nadie le interese tu vida. Lo que quiere decir es que cada persona tiene sus propios asuntos de los que ocuparse, que probablemente no harán más que aumentar en número y/o intensidad con el paso de los años. Es ley de vida.

Por eso es crucial que encuentres el modo de proporcionártelas tú. Si sabes cómo pedirlas (las palabras y palmaditas) y no tienes problema en hacerlo, esa es una buena estrategia. Probablemente sea la más rápida y efectiva, en mi opinión. Compartir la carga ayuda a que parezca más ligera, aunque lo cierto es que esto no siempre es posible.

Una alternativa que propongo y que quizá sea más accesible para algunas personas, es la de ocupar espacio. En lugar de intentar no molestar y de pensar que lo tuyo tiene menos importancia que lo de los demás, déjate ver y escuchar.

No importa que al otro lado no percibas a nadie. Lo importante es la acción en sí, no tanto la reacción. Se trata de que te veas como un ser que piensa, que siente y que tiene cosas que decir.

Una cita conmigo misma… y con quiera atender

Este experimento es el que me he propuesto hacer: expresarme durante 100 días seguidos. He empezado un poco regular (en diez días ya he «fallado» tres), pero escribir esta entrada era muy necesario y tiene mucho peso, así que no me voy a machacar por ello. Para pasar de 0 a 100 es normal que haga falta un calentamiento previo.

Es un ejercicio de constancia, pero también es un entrenamiento para aprender a expresarme sin tener en cuenta el resultado que deriva de ello. Es una cita diaria conmigo misma, en un lugar (en las redes, o aquí en el blog) en el que otras personas pueden observar, unirse a la conversación o ignorarme. El simple hecho de obligarme a hacer acto de presencia ya es todo un logro.

Quiero desvincular lo que expreso de las respuestas o de los resultados que obtengo con ello. No en el sentido de «paso de todo, todo me da igual», sino en el de «tengo algo que decir, así que lo digo y sigo con mi vida».

Admito que me siento un poco tonta haciendo tanto drama de algo tan simple, y precisamente por eso es tan importante que siga adelante. No lo hago para conseguir reconocimiento externo. Es para recordarme que mi voz importa, aun cuando solo la escuche yo.

(Y si has llegado hasta aquí, mil gracias por leerme.)

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