La envidia tal vez no sea tan mala como la pintan

Sentir envidia es algo instintivo. Es un sentimiento que ha existido desde el principio de los tiempos y que sin duda ha estado implicado, de un modo u otro, en la mayoría de las luces y sombras de la historia de la humanidad.

La envidia como concepto

Mi amiga la RAE define la envidia como «tristeza o pesar del bien ajeno» o «emulación, deseo de algo que no se posee». En otras palabras, «quiero lo que tú tienes y/o no me sienta especialmente bien que lo tengas». Vamos, que las definiciones ya dejan claro que es un sentimiento cuya naturaleza tiende hacia lo negativo. 

El principal problema de este sentimiento es que quien lo experimenta no suele buscar su propia mejoría, sino que desea que a la persona envidiada le vaya mal. Es lo que se conoce coloquialmente como «envidia cochina» y que, por mucho que suela usarse en tono jocoso, puede llegar a ser bastante perjudicial. 

Por el contrario, cuando sentimos envidia pero no le deseamos nada malo a la persona que nos la produce, es común usar la expresión «envidia sana». La palabra ‘sana’ parece que le quita hierro al asunto. A pesar de que la envidia en sí no sea sana, sí que creo que gestionada de la manera adecuada puede transformarse en algo positivo como, por ejemplo, la inspiración. 

Como con todo, lo que marca la diferencia es la elección entre lo constructivo y lo destructivo, entre lo positivo y lo negativo.

Mi punto de vista

He sentido envidia muchas veces a lo largo de mi vida, como cualquiera. Nunca seré ninguna santa, pero sí que trato de poner todo de mi parte para evitar que lo que hagan o consigan los demás me haga sentir mal. Hace ya tiempo que decidí que la envidia en su estado puro no me resultaba productiva. 

Por eso, me entrené para ir transformando ese sentimiento en inspiración y, en los casos en los que fuese posible, por admiración. Nada es infalible, pero aunque solo sea por los dolores de cabeza que me he ido ahorrando por el camino, el esfuerzo ha merecido y merece totalmente la pena.

Como creo en el karma, trato de ser muy cuidadosa con lo que siento, lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Además, como dijo alguien sabio, «ten cuidado con lo que deseas, ya que se puede convertir en realidad». Prefiero no pasarme de lista… por lo que pueda pasar. 

Cuando me encuentro en una situación en la que otra persona tiene algo que a mí también me gustaría tener, lo primero que hago es averiguar por qué lo quiero. Los sentimientos no surgen de la nada: están ahí para decirnos algo. La envidia es, en mi opinión, uno de los que más información nos puede proporcionar para conocernos un poco mejor.

Tras reflexionar sobre el tema puede que me dé cuenta de que a mí no me serviría de nada tener lo que tiene esa persona. O quizá sienta que sí, que realmente lo quiero y que estoy dispuesta a pasar a la siguiente fase: descubrir cuáles son mis opciones para conseguirlo.

Si sientes que la envidia te corroe, puedes…

  • Echarle la culpa a la suerte, a la casualidad, a la alineación de los astros y lamentarte de que esas circunstancias no se den contigo. ¡Es que todo/nada te pasa a ti!
  • Hacerte mala sangre y desear que a la persona a la que envidias deje de sonreírle la suerte para así poder sentirte mejor.
  • Si puedes, la criticas/atacas directa e indirectamente, por delante y por detrás. También puedes informarle a esa persona (y a quien quiera escucharte) de todas las razones por las que opinas que es una gran injusticia que tenga aquello que tiene. 
  • En el peor de los casos, puedes actuar deliberadamente para que la persona en cuestión pierda aquello que te produce envidia. Si no puedes tenerlo tú, ¡que no lo tenga nadie!

Supongo que ya imaginarás lo que voy a decir: reaccionar de este modo solo puede traer resultados destructivos. Es el recurso que suelen usar quienes no saben o no quieren pararse a reflexionar antes de responder ante un estímulo.

La envidia, en este caso, la sientes tú. Por tanto, es tu problema y, como tal, te toca a ti solucionarlo. Si no lo haces, lo único que vas a hacer es extender el problema a otras personas, pero sin lograr quitártelo de encima. Mal negocio.

Echarle la culpa a los demás por cómo nos sentimos en lugar de aprender a gestionar nuestras propias emociones es, como siempre, la vía fácil. La mejor manera de librarte de un problema es enfrentarte a él y encontrarle una solución eficaz.

Cambia de planteamiento

Es cuestión de tomar responsabilidad sobre lo que sientes. Para ello, ante un «ataque de envidia», en lugar de elegir la pataleta puedes seguir la vía constructiva mediante los siguientes pasos:

  • Respira. En lugar de dejar que empiece a corroerte y que te lleven los demonios, tómate un tiempo para tranquilizarte y reposar tu reacción.
  • Piensa. Párate un momento a plantearte por qué has reaccionado como lo has hecho y si ha sido proporcional al acontecimiento ocurrido o a la información recibida.
  • Reflexiona. ¿Te gustaría estar en el lugar de esa persona o es el simple hecho de que le vaya bien lo que te hace sentir envidia? ¿Su éxito es compatible con el tuyo o son excluyentes?
  • Analiza. Pregúntate qué es lo que ha debido invertir (tiempo, talento, esfuerzo, etc.) para conseguir lo que ha conseguido.
  • Sincérate. Si quieres lo que tiene esa persona, ¿te ves capaz de poner de tu parte lo necesario para obtenerlo?

Como habrás observado, se trata de practicar el autocontrol y de evitar actuar «en caliente». Aunque muchas veces no sea el camino que seguimos por defecto, no está de más tratar de darle algo de luz a la situación y poner las cosas en perspectiva.

Puedes tomar una actitud proactiva y tratar de obtener información sobre cómo esa persona ha conseguido aquello que tú también quieres tener. Si puedes, pregúntale directamente. Si no es una opción, puedes hacer suposiciones en base a los datos a los que tienes acceso.

Una vez poseas esa información, analiza si hay algo que puedas hacer de forma similar. Mejor aún: pregúntate si haciéndolo de un modo diferente, más afín a ti, podrías obtener resultados semejantes. O quizá puedas obtener resultados distintos y más adaptados para tus intereses. La decisión es tuya.

La envidia, bien empleada, puede ser muy útil

No tiene nada de raro desear algo que tiene otra persona. Es uno de los mecanismos con los que descubrimos qué es lo que queremos. Se trata de entender que podemos encontrar el modo de obtenerlo por medios lícitos, sin tener que ir «pisando cabezas» para ello.

La envidia puedes expresarla, usarla para rebozarte o incluso atascarte en ella. ¿Eso te lleva a algo? Más bien no. En lugar de perder el tiempo quejándote de lo mal repartido que está el mundo, úsalo para interpretar qué es lo que ese sentimiento te está queriendo decir. Una vez lo tengas más o menos claro, decide si te compensa tomar acción al respecto o si, por el contrario, ganas más dejándolo ir. 

Sentir envidia no te convierte en un ser maligno, ni mucho menos, pero si dejas que te domine puede arrastrarte a lugares bastante oscuros. Cuando hayas descifrado el mensaje que te quiere dar, déjala atrás y sigue tu camino.

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