¿La gente guapa tiene superpoderes? (El ‘efecto halo’ en acción)

Hay gente que ha visto lo embobada que me quedo con una puesta de sol o con unas simples flores a pie de calle, así que tampoco es de extrañar que con la belleza de la gente guapa tenga una reacción similar. Lo disimulo como puedo, por supuesto, pero la flojera en las rodillas no me la quita nadie. Qué le voy a hacer…

A decir verdad, siempre me he sentido bastante intimidada por la belleza de la gente, tanto hombres como mujeres. En lo que a los hombres se refiere, la gran mayoría de las veces ni siquiera es que sienta atracción alguna por ellos, pero me siento mucho más vulnerable por el simple hecho de lo bien equilibrados que están sus rasgos.

Hablo de cualquier tipo de belleza: tanto esa en la que todo está alineado y proporcionado, como de aquella que proviene de un magnetismo que te llama la atención sin saber muy bien por qué. La percepción es subjetiva porque no todos respondemos igual ante los mismos estímulos (y menos mal, porque vaya gracia si no…)

Con este tema vivo en contradicción constante porque, igual que digo que me intimida la gente guapa, tengo claro que eso no es algo por lo que debería sentirme tan influenciada. Entonces, ¿cómo se come eso? Pues no se come: o aprendes a vivir con ello, o haces lo posible por entender por qué te pasa.

*(Me han hecho saber que esto está relacionado con un sesgo cognitivo llamado efecto halo y que está más que estudiado. Como lo que comparto es mi experiencia, voy a dejar la entrada como está, pero con esa información complementaria todo cobra mucho más sentido.)

La belleza como carta de presentación

Una cosa que me pregunto a menudo es cómo se vive sabiendo que eres capaz de embrujar prácticamente a quien quieras, incluso sin pretenderlo. Es que, pensándolo bien, tener esa capacidad sí que debe de ser como tener un superpoder.

Si desde la más tierna infancia te están diciendo constantemente lo guapo o guapa que eres, lo bonitos que tienes los ojos, el pelo o los mofletes, ¿hasta qué punto vas a ser capaz de evitar venirte arriba? Y más aún, si vas notando que la gente te trata mejor solo por tu aspecto, es que sería hasta lógico que acabases creyendo que todo el monte es orégano, sobre todo si nunca te han demostrado lo contrario…

Que conste que mi intención no es demonizar a nadie por la cara con la que han nacido, ni por la que se hayan ido esculpiendo con los años (y los dineros). Nos guste o no, la belleza no solo vende, sino que también ayuda a entrar en el juego, así que en realidad no es ninguna locura querer tener ese as en la cara.

Gustos para todo y para todos

Que sí, que hay personas que afirman ser inmunes a lo bello y se enorgullecen de que no se les remueve nada por dentro. Definitivamente yo no soy una de ellas y lo cierto es que lo agradezco, pero sí que me esfuerzo por alterarme dentro de límites todavía funcionales.

Está claro que todo el mundo tiene su público y que para gustos, colores, olores y tamaños. Yo también tendré el mío, pero mi experiencia personal es la siguiente: mi público es reducido, en gran parte porque nunca he vivido en un sitio en el que hubiese muchas personas que se pareciesen físicamente a mí (en mi última entrada encontrar algo de contexto).

Dicho de otro modo: mis características personales son un arma de doble filo. También es verdad que mi personalidad introvertida extrema y mis grandes esfuerzos por evitar el contacto visual con todo ser humano tampoco juegan a mi favor.

Se puede decir que, en general, nos atrae lo que nos resulta familiar porque nos transmite seguridad. Y no lo digo yo, sino que es psicología básica.

Es curioso, porque con las mujeres mi reacción normal es la admiración. Es decir, que reconozco su belleza y la alabo, pero no permito que influya en mi comportamiento. Esto es seguramente porque las mujeres no me atraen de esa manera, así que no necesito validación alguna de su parte para sentirme segura. Tampoco las percibo como una amenaza, cosa que ya es un gran alivio de por sí.

Gente guapa por un lado, hombres guapos por otro

Con los hombres, en cambio, antes la cosa era bastante más complicada. El simple hecho de que un chico fuese guapo actuaba como una llave que abría automáticamente mi caja de inseguridades. En esos casos, aunque tampoco me atrajese de esa manera, me sentía insegura igualmente.

Era como si dudase de todo y temiese no estar a la altura de merecer interactuar con él. Por supuesto que era cosa mía y el chico en cuestión no tenía culpa, pero siempre me daba mucho coraje porque no tenía ni idea de cómo evitarlo.

Eso podía pasarme con cualquiera con el que probablemente solo tuviese una relación académica, profesional o de conocerle de vista. Si además me gustaba o me atraía entonces la cosa ya se iba de madre. Tanto era así, que llegué a pasar por alto ciertas actitudes alarmantes, que en otras circunstancias no hubiese tolerado ni de broma. 

*(Estoy escribiendo esto y soy muuuy consciente de lo absurdo que suena, pero paso de adornarlo porque entonces no tendría sentido compartirlo. Si alguna persona se ve reflejada en esta situación y le hace reflexionar, pues ya vale la pena).

De algún modo, me convencía de que me estaba haciendo un favor dedicándome su tiempo, su atención o unas simples palabras. Daba igual que hubiese gestos que me chirriasen o que claramente su ¿interés? en mí, en caso de haberlo, no escondiese buenas intenciones. Ahí seguía yo, atontada porque un chico que tenía la distancia perfecta entre la nariz y la boca me estaba haciendo caso a mí. ¡A mí! ¡Qué más podía pedir! (¿Un poco más de amor propio, por ejemplo?)

Todo tiene un límite

La gota que colmó el vaso llegó hace un par de años. Me vi metida en una situación tan lamentable que supe que necesitaba urgentemente empezar a trabajar en mi autoestima y mejorar mi autoconcepto. Me di cuenta de que si no lo hacía me estaba poniendo en serio peligro, porque me estaba dejando manipular de manera consciente.

No fue algo agradable de admitir, aunque solo fuese ante mí, pero es que se me estaba yendo de las manos. Estaba perdiendo los papeles a tal velocidad que me asusté y pude reaccionar.

Habrá quién piense «¿y qué tiene eso que ver con que el tipo en cuestión fuese guapo?» En ese caso en concreto, mucho. Le veía como alguien que valía más que yo (ya ha quedado claro que esto no hay por dónde cogerlo, ¿no?) y me costaba entender que se hubiese fijado en mí, así que le puse en un pedestal. Si no llega a ser atractivo, ese pedestal se lo hubiese tirado a la cabeza a la primera de cambio (figuradamente, claro). 

Ese fue el momento en el que decidí ponerme en huelga de interacciones romántico-festivas hasta nueva orden (lo expliqué más o menos en la entrada ‘Estoy soltera… pero más entera que nunca’). Necesitaba tiempo, espacio y mucha energía para construir desde la base una relación sana conmigo misma, para saber dónde estaban mis límites y, sobre todo, para quererme y respetarme, quienquiera que se me pusiese por delante.

Vacunada, pero no inmune

Todo esto me vino a la mente por algo que ocurrió hace relativamente poco. Relacionado con un chico guapo, cómo no. No voy a mentir: una de mis primeras reacciones fue sacarme de la manga una lista mental de excusas de por qué un hombre como él y yo no teníamos nada en común. En ella enumeraba todos los motivos que se me iban ocurriendo que al final me dejaban con un valor inferior al suyo.

Fue una respuesta refleja, sobre todo después de estar tanto tiempo sin pensar siquiera en estos temas. En cuanto lo dejé reposar y me relajé un poco, fui capaz de ver el tema con un poco más de perspectiva. Entendí que esa reacción no venía a cuento porque, aunque fuese lo que acostumbraba a hacer en el pasado, ya no se correspondía con mi ‘yo’ actual.

Resulta que ahora me siento más segura de cómo soy, de cuáles son mis intereses y, sobre todo, de que mi valor no depende de la percepción que tenga sobre mí otra persona, sea guapa o no. Estos años he reforzado mi convicción de que la belleza es solo una característica más de una persona, y que por sí sola no dice nada, ni en contra ni a favor de ella.

¿Que si aún me queda mucho camino por andar? Sí, lo que me quede de vida, básicamente. Pero como he progresado bastante hasta este punto, la palmadita en la espalda me la doy porque me la he ganado.

Igual que no quiero que me juzguen por mi apariencia o por lo que puedan creer que soy, tampoco debo hacerlo yo. La gente guapa no tiene culpa de serlo, como tampoco tienen la culpa de mis paranoias mentales. La forma de ser con la que decidan acompañar esa belleza ya es otro tema, pero igual que ocurre con cualquier otra persona, tenga la cara que tenga.

Y si has llegado hasta aquí, primero te doy las gracias y, segundo, te animo a que compartas tu propia experiencia, tanto si te has sentido en un lado como en el otro. ¡Me encantaría conocerla! (Oye, por pedir que no quede…)

Suscríbete a la Newsletter

Apúntate a la lista de correo para estar al día de las actualizaciones.

(Se abre una nueva ventana con el formulario de suscripción).

Deja un comentario

INFORMACIÓN BÁSICA SOBRE PROTECCIÓN DE DATOS

  • Responsable: Petra Mun
  • Fin del tratamiento: Gestionar los comentarios que realices en este blog a través del formulario.
  • Legitimación: Tu consentimiento.
  • Destinatario: Tus datos serán guardados en los servidores de Webempresa Europa S.L., proveedor de hosting de ‘petramun.com’, dentro de la UE. Política de privacidad de Webempresa.
  • Derechos: En cualquier momento puedes ejercer tus derechos de acceso, rectificación, supresión y portabilidad de sus datos, de limitación y oposición a su tratamiento en la dirección de correo electrónico info@petramun.com.
  • Información adicional: Más información en Política de privacidad.

  He leído y acepto la política de privacidad

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.