Por qué empecé a ser más consciente (II)

Como contaba aquí, el origen de mi interés por entender qué le pasaba a mi cuerpo y por qué respondía como lo hacía vino de la mano de una reacción alérgica desmedida. Como las respuestas que me daban los médicos (porque volví a ir a otra diferente después de la primera experiencia nefasta, y fue aún peor si cabe) me parecían insuficientes, por decirlo finamente, me puse a investigar un poco por mi cuenta.

Si no recuerdo mal, fue durante aquella época, en el 2012, cuando se puso de moda demonizar los sulfatos, los parabenos y las siliconas en los productos capilares, el aluminio en los desodorantes… Todo caca. Siempre he estado bastante enterada de las modas, aunque nunca me ha gustado seguirlas. En aquella ocasión el tema me dio qué pensar porque relacionaba las sustancias que entraban en contacto con el cuerpo con la salud, de un modo radical, como siempre pasa con estas cosas; yo opté por quedarme con la parte que me interesaba. Por probar no perdía nada, así que decidí empezar a buscar productos de perfumería e higiene (cremas, champús, geles, etc.) con menos ingredientes, más simples en su composición.

La verdad es que noté algunos cambios positivos, aunque aquello solo fue el principio. A partir de ahí he ido aprendiendo mucho sobre mí y lo que me funciona, tanto externa como internamente, y es un proceso que seguirá siempre activo. A medida que ha pasado el tiempo me han ido sobrando cada vez más productos y más ingredientes en la lista. Si bien es cierto que muchas personas parecen ser resistentes a todo y les es indiferente usar una cosa u otra, también lo es que las alergias, intolerancias y demás reacciones adversas están a la orden del día. No todo vale para todos, de hecho, hay cosas que no valen para nadie.

Fui viendo claro que al final es todo marketing, que son las compañías que más invierten en publicidad y que sacan más estudios autofinanciados las que se meten a la mayor parte de los consumidores en el bolsillo. Esto es aplicable a todos los ámbitos. En realidad no hacen falta productos milagrosos, solo productos adecuados a cada caso. Solo una minoría se para a pensar más allá, se hace preguntas y se cuestiona hasta qué punto lo que nos venden es cierto. ¿Por qué? Porque eso requiere cierto esfuerzo y es más cómodo que nos lo den todo hecho. Si X producto sale en la tele a todas horas, si todo el mundo lo compra será porque es bueno, ¿no? Es una elección fácil porque nos la ponen fácil.

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