Sólo sé tú misma

¿Cuántas veces le has aconsejado a una persona que sea ella misma cuando quieres transmitirle confianza? “Sólo sé tú mismo/a”, corto y sencillo, tanto, que la mayor parte de las veces se suelta a modo de frase hecha. Pero, ¿te has preguntado qué significa realmente ser tú mismo/a? ¿Alguna vez te has parado a pensar en ello? Yo sí, de hecho, me lo pregunto cada día porque vivo en conflicto. El proceso de conocerme nunca va acabar, aunque sí soy consciente de cuáles son mis rasgos de personalidad más característicos, tanto los populares como los impopulares pero, a pesar de conocerlos, no dejo de ir por la vida pidiendo perdón por ellos, por los primeros y por los segundos. Por otro lado, también sé en qué aspectos quiero seguir trabajando para encontrarme lo más cómoda posible en mi propia piel, no con el fin de agradar a los demás.

Hasta donde alcanzo a recordar era una niña tímida, callada, introvertida, a la que le gustaba pasar tiempo sola y a la que le costaba relacionarse con otros niños, con dos excepciones: aquellos a quienes consideraba mis amigos/as y aquellos a los que no conocía de nada, como podían ser los compañeros espontáneos de juegos en la playa. Todo lo que quedara en medio de esos dos grupos me generaba estrés. Esto lo que viene a decir es que llevo desde siempre siendo como soy en la actualidad, con algunos matices pero, en esencia, sigue siendo una descripción bastante fiel a mí.

Tengo 31 años y, aunque me avergüence admitirlo, hasta hoy he seguido disculpándome por ser como soy. No porque tenga problema alguno con ello, sino porque lo tienen otras personas y no es algo que resulte fácil de asumir. Parece que si una persona no es abierta, extrovertida, habladora, afectuosa y todas esas cualidades maravillosas, está un escalón por debajo de la gente “normal”. Que conste que me parecen características estupendas, pero las otras que completan el espectro son igual de válidas. Me han llegado a ridiculizar en público por no participar en una conversación o por no interactuar lo suficiente con otras personas dentro de un grupo. Me han repetido demasiadas veces “no puedes ser así, tienes que cambiar”, “tienes que ser más atrevida”, “eres muy sosa”. Lo peor es que el 95% de esas afirmaciones las hicieron personas que en su momento consideraba amigos/as, por lo que era inevitable que me tocaran la fibra.

Esas experiencias y otras similares me han hecho ser extremadamente consciente de mi comportamiento en situaciones de interacción social. No puedo ni estimar las veces en las que me he forzado a cambiar mi forma de actuar para intentar mimetizarme con el entorno, para evitar que me pusieran el cartel de callada, aburrida, amargada… Y cuando algo no sale de manera natural, se nota. Cuanto más ruido haga una persona, más auténtica es, ¿no? Al menos ese es el mensaje que me han transmitido desde que tengo memoria. Igual que se hacen ese tipo de asunciones sobre alguien que llama la atención y que luego pueden ser totalmente erróneas, con las personas que la mayor parte del tiempo preferimos pasar desapercibidas o que necesitamos más tiempo para expresarnos pasa exactamente lo mismo.

Que no le cuente mi vida en verso al primero que pasa no significa que no tenga historias interesantes. Que sea tranquila no significa que no sepa divertirme. Que esté seria no implica que esté triste. Que no me sienta cómoda dando besos y abrazos a diestro y siniestro no quiere decir que no sea pueda ser cariñosa. Que me guste estar sola no significa que no disfrute de la buena compañía. Que esté callada no tiene nada que ver con que oculte algo: simplemente no me apetece hablar o no tengo nada que decir. La gente tiene tanta prisa con todo que quienes no proporcionamos la risa fácil, la conversación rápida o el afecto profundo a las primeras de cambio lo tenemos complicado para darnos a conocer.

Llevo tanto tiempo intentando nadar a contracorriente que ya me he cansado y he decidido subirme a una balsa (de aceite) para que la corriente me lleve donde quiera; se acabó disculparme por ser yo. Sé que hay gente a la que le incomodo, por la razón que sea, pero no siento comunicarles que es lo que hay. Nunca ha sido mi intención agradar a todo el mundo, ni creo que deba ser el objetivo de nadie. Hago tan poquito ruido que es muy fácil ignorarme; eso hago yo con quienes no tengo nada en común y todos contentos. Eso sí, no voy a permitir que me vuelvan a hacer de menos, esa es una de las cosas que ha cambiado. Antes lloraba en silencio y me preguntaba por qué no podía ser “normal”, mientras que ahora estoy orgullosa de la persona en la que me estoy convirtiendo, de las actitudes/aptitudes que estoy adquiriendo y de los valores que voy afianzando. Cada día me gusta más ser yo misma.

P

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