Una vida más simple: la cultura del consumo

El primer paso para tener una vida más simple es querer tenerla. Puede parecer una obviedad, pero no es lo que nos han enseñado.

Como afirmaba aquí, el objetivo de tener una vida más simple es poder emplear el máximo tiempo posible en las cosas realmente importantes. Para ello, antes de nada tendremos que averiguar qué es importante y qué no lo es. Y para llegar a preguntarnos eso, por lo general tendremos que haber sentido que hay algo que falla en la vida que estamos llevando. Si no sentimos eso, será porque la vida que llevamos nos llena y nos hace felices. ¡Enhorabuena a los afortunados!

En el mundo occidental (ya sé que está muy manido ese concepto, pero es como mejor se entiende) se nos lleva inculcando desde hace prácticamente un siglo que somos lo que compramos, es decir, se nos ha educado en la cultura del consumo. La manera de demostrar que se tiene éxito y poder es adquiriendo cosas que representen ese estatus. Si se tiene dinero, tiene que verse, ya sea en forma de casas, coches, joyas, ropa y zapatos para cincuenta vidas, por poner algunos ejemplos habituales. Ojo, no hay absolutamente nada de malo en invertir el dinero en ello si el bienestar que le proporciona al individuo/a en cuestión es real ya que, de ser así, bien invertido está. Pero si quien lo hace siente que, a pesar de tener “todo aquello con lo que una persona podría soñar” (ejem) no se siente pleno, realizado, puede que sea hora de plantearse si está buscando la felicidad en el sitio adecuado.

Aunque resulte difícil de admitir, incluso de entender, la cuestión no es comprar cosas por el hecho de poder hacerlo, eso no tiene ningún misterio. Muchas veces lo que se busca es simplemente el subidón que proporciona gastar dinero, no el objeto en sí, que en demasiadas ocasiones queda cogiendo polvo más pronto que tarde. Lo que deberíamos conseguir es que esas cosas nos aporten algo, que tengan un significado y un propósito. El lujo de verdad no es tener muchas cosas, sino que lo que poseamos nos haga verdaderamente felices, que añada valor a nuestra vida. Habrá gente que diga “pues a mí este coche/reloj/traje/X me hace feliz”. Si de verdad lo sienten así, perfecto, de eso se trata.

Aprovechando que estamos en plena temporada de rebajas, quisiera plantear las siguientes preguntas para reflexionar un poco antes de comprar algo: ¿Por qué lo quieres? ¿Cuántas cosas similares tienes ya? ¿Lo vas a usar siquiera? ¿Realmente te gusta o lo compras porque intentas proyectar cierta imagen?

Tal vez no esté de más pensárselo dos veces antes de dejar que el peso de nuestra felicidad recaiga sobre las cosas que adquirimos: el saco suele ser más frágil de lo que creemos.

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