Compararse es normal, pero hay que hacerlo bien

Se dice que las comparaciones son odiosas. Y a menudo lo son, pero además de odiosas, también entrañan cierto peligro si no somos capaces de ver con claridad.

Cuando nos comparamos con otras personas damos por hecho que estamos en una posición de inferioridad respecto a ellas. Las tomamos como nuestro punto de referencia, pero ignorando al mismo tiempo todas las capas que desconocemos de ellas.

Nos dejamos cegar por ellas como si fuesen objetos brillantes, sin tener en cuenta que en realidad lo que sabemos de ellas es solo una ínfima parte de todo lo que las compone.

Se suele decir que las apariencias engañan. Bueno, pueden engañar o no, pero por si acaso es mejor no fiarnos al 100% de ellas. Los seres humanos somos complejos, mucho, y no podemos limitarnos a tener en cuenta solo el punto de vista que nos ofrece una única perspectiva.

Hoy en día es difícil resistir la tentación. Recurrimos a la observación para buscar inspiración, motivación, incluso información. La cuestión es: si muchas veces ni siquiera tenemos claro quiénes somos, qué queremos hacer, por qué o cómo, ¿por qué asumimos que otras personas van a tener la respuesta a nuestras preguntas? Quizás ellas tampoco tienen ni idea de lo que están haciendo.

NUESTRA MOCHILA DE EXPERIENCIAS

Son muchos los factores a tener en cuenta a la hora de tomar decisiones. En la infancia la vida es mucho más fácil. Lo habitual es que no carguemos aún con ningún bagaje físico o emocional (siempre hay excepciones). No acumulamos tantas experiencias ni conocemos tanto mundo. Es decir, que no estamos tan influenciados por factores internos o externos.

A medida que pasan los años, nuestra mochila de experiencias se va llenando, y cada vez que tenemos que tomar una decisión recurrimos a ella, consciente- o inconscientemente. Sopesamos pros y contras, visualizamos posibles consecuencias, nos atrevemos a prever qué vamos a sentir o qué van a sentir otras personas. Comparamos esa situación a otras situaciones anteriores, similares o no, que inevitablemente nos condicionan a la hora de dar un paso hacia delante.

Esto quiere decir que las comparaciones no solo son respecto a otras personas. También pecamos de compararnos con una versión anterior nuestra. Esto puede ser interesante, incluso necesario para ver cómo hemos ido cambiando a lo largo del tiempo.

Aún así, hay que tener en cuenta que este tipo de comparación también puede ser bastante arriesgado. Es normal que empecemos a darle vueltas a cómo las cosas podrían haber sido de otra manera si hubiésemos tomado decisiones distintas a las que tomamos en su momento. 

Hay una cosa que está clara: el pasado no va a volver. El pasado vive en nuestras mentes, pero ya no ocupa lugar en el mundo físico, en el mundo real. Voy más allá: tanto el pasado como el presente de otras personas solo afecta a tu mundo físico en la medida en que tengas una relación directa con ellas. Lo que pasó, pasó (“entre tú y yo”. *Perdón*) y lo que es, es.

Nos podemos poner en modo quisquilloso a la hora de determinar la magnitud del impacto que las decisiones de otras personas puede tener en nuestra vida, pero rizar el rizo suele ser una pérdida de tiempo.

EN QUÉ COMPARARSE (Y EN QUÉ NO)

Para nuestros intereses, tanto los tuyos como los míos, es mejor irnos a lo práctico.

  • Haz otra lista de qué cualidades y habilidades son importantes para ti, las poseas o no. Las características que deseas poseer tienen estar conectadas con un motivo, con un porqué. Ese motivo tiene que ser tuyo, no en relación a otras personas.
  • Haz una lista de personas a las que admires porque poseen esas cualidades o habilidades que consideras importantes. No olvides tener en cuenta lo siguiente: tienen que ser personas que te generen sentimientos positivos, que te inspiren de algún modo a querer trabajar en ti, que no te hagan sentir “menos que”. Si verlas, escucharlas y/o leerlas te hace sentir poca cosa, no hay lugar para ellas en la lista.
  • Haz una lista de las personas cuyas opiniones realmente importan para ti. Reduce al mínimo posible tu círculo de influencia.

Cuando nos vamos al origen y reducimos aquello que anhelamos a su mínima expresión, es más fácil darnos cuenta de qué es lo que deseamos realmente y de qué es lo que creemos que deseamos porque nos lo han metido por los ojos, muchas veces sin darnos cuenta.

Fijarse en lo que hacen otras personas puede tener sentido si es para mejorar. Por lógica, mejorar implica sentirnos mejor, no peor. Si nos hace sentirnos peor y no sacamos ningún beneficio de ello, ¿por qué lo hacemos? ¿Para qué lo queremos? Tenemos que empezar a jugar en beneficio de nuestro propio equipo.

Cada persona es única e irrepetible. Puedes verlo como una ventaja y como una oportunidad para hacer las cosas a tu manera. O, si lo prefieres, puedes lamentarte por no ser otra persona con su propio lugar único e irrepetible en el mundo, pero sin olvidar que esa persona en ningún caso serías tú. ¿Qué decides?

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